viernes, 3 de octubre de 2025

La Confesión.




La noche está fría y húmeda, las calles del mercado están empapadas en un brillo tenue bajo la luz amarillenta de los faroles. En una habitación destartalada, me escondía entre las entrañas del bullicioso comercio, temblando con una mezcla de miedo y alivio. Acababa de cometer un acto que me marcaría para siempre.


¡Lo hice! Y no voy a pedir perdón. Lo admito. Sabía que no debía tomar la justicia por mis propias mano, sé que no era lo correcto, pero ya no hay vuelta atrás.

Ahora puedo dormir tranquila, sabiendo que él no está, pero la paz no es completa. Lloro por la libertad que siento, lloro por el miedo y por la verdad: aunque no ese fuera el modo, una parte de mí lo siente muy justo.

Lo medité por mucho tiempo. Sabía dónde actuar sin ser descubierta, por eso elegí ese mercado, sabía que podía hacerlo desde una de las habitaciones de ese hotel de mala muerte que me contaron quedaba justo frente al mercado. Estaba ya al límite, completamente desesperada; tenía que liberarme de mi infierno de algún modo. Por eso huyo ahora, por instinto de supervivencia.

Sé que no sospecharán del todo sobre mí. Quienes me conocen dudarían de que tuviera el valor para hacerlo, aunque él lo mereciera. Creerán que fue cosa de algún hombre, dada la naturaleza de sus negocios ilícitos.

Lo hice porque él era mi agonía. Me causaba tanto sufrimiento, me hacía pasar miserias aún con dinero. Acumulé tanto maltrato en mi alma, me harté de ser la que al principio estaba ciega de amor por él, de amarlo sin razón, de excusarlo por miedo a sus represalias. Me cansé de escucharlo y de ver que no me merecía.

No busco justificación, pero prefiero vivir huyendo que seguir viviendo bajo su yugo.

Tantas veces deseé que no volviera una noche, que su propio destino o sus negocios me hicieran ese favor.

Así que cuando actué, estaba llena de tantos sentimientos, con un impulso mortificador clavado en el estómago. Era eso o seguir sufriendo.

Al verlo caer, en medio de la multitud, sentí que me quitaba un enorme peso de encima. Como dice el refrán: me tocó elegir entre ser víctima o verdugo, y decidí dejar de ser la víctima.

He abandonado la ciudad. No quiero que me encuentren, aunque dejé una nota para él, sobre la mesa, diciendo : "Me marcho para siempre de tu vida, me cansé de tanto maltrato."

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