miércoles, 8 de julio de 2026

El Eco De Tu Ausencia



Fuiste el sueño más largo, una travesía de luz que se instaló en mis párpados,
una promesa que se sentía eterna mientras mis ojos permanecían cerrados.
Pero el destino tiene un despertar violento, 
una sacudida fría que me arrancó de tu lado sin previo aviso.

Despertar de golpe es encontrarse con el silencio absoluto,
quedar aturdida entre las sábanas de una realidad que no reconozco.
Busco cualquier rastro de ti, pero solo hallo el vacío, 
tengo que conformarme con tu almohadita;
mis manos, que antes teñías de los colores de la vida cada instante,
hoy se cierran sobre la nada, pesadas y vacías.

Siento esta amargura instalada en el centro de mi pecho, 
abriéndose con un abismo,
un nudo ciego que intenta sofocar los restos de mi alma.
Es un veneno que corre, que gotea, que reclama su expansión,
y yo, en un acto desesperado de supervivencia,
me resisto a su abrazo, huyo de esta realidad.

Lucha, una batalla interna contra el recuerdo maldito que me desgarra por dentro, 
una lucha para mantenerme con vida.
La agonía de la tristeza que me consume lentamente.
La herida de que ya no respiras.

Me matas de a poco, en cada suspiro en el que te encuentras,
en cada lagrima que lloro, 
en el nudo en mi garganta, 
en cada latido mio que me duele al despertar sin tenerte a mi lado.
Porque despertar sin ti, es la forma más cruel de tener que vivir.

#TeExtraño #DespertarSinTi #Mackenzie #Duelo

Ninfomaniaca


¡Prrum-pum!

El mofle de un motorista colado en el tapón de la Avenida Duarte truena contra los cristales, haciendo vibrar el mostrador de aluminio donde apoyo los codos. Aquí adentro el aire huele a desrizado barato, a sudor viejo acumulado en las esquinas y a ese vaho a metal caliente que despiden los secadores de pelo encendidos desde las ocho de la mañana. Doña Tata me mira de reojo mientras le pasa el blower a una clienta. Tiene las venas de las piernas brotadas, como raíces expuestas de un árbol que se niega a secarse en este maldito asfalto. Ella cree que me conoce porque sabe las horas que marco en la tarjeta de entrada; todos creen saber quién eres por el uniforme que llevas puesto.

Reservo mi verdadero nombre. No les hace falta. Llámame como te dé la gana, te doy el permiso, total, en este barrio a las mujeres siempre nos rebautizan con el primer insulto o el primer halago que se les ocurre en la esquina. Al son que me toquen bailo, pero eso sí: báileme usted bien. Yo aguanto el trote de la guagua pública, el calor infame que te pega la ropa al cuerpo como una segunda piel sucia y las exigencias de un trabajo que paga una miseria, pero no aguanto faltas de respeto. Quiero sólo si quiero. No soy una mujer fácil, de esas que se doblan por la promesa de tres pesos o un pasaje. Lo que sí soy es una mujer ardiente, perversa, y tengo un hambre vieja metida entre las costillas que no se quita con arroz y habichuelas.

Me defino como pasionalmente intensa. En un mundo que te quiere callada, sentada en una esquina esperando que la vida pase, yo expreso las cosas tal como las siento. Me gusta arrancar las fantasías de la cabeza y estamparlas contra la realidad, aunque queme. Disfruto del sexo salvaje, de ese que te deja los muslos temblando y la espalda marcada por las sábanas ásperas de un motel de la Máximo Gómez. Resistirme a un buen encuentro es casi imposible; me fascina observar a mi interlocutor carnal, verle las marcas del cansancio en el rostro, el costurón en el hombro de cargar cajas, y luego usar mi mente para describir la experiencia, viendo cómo se elevan en sus propios pensamientos mientras yo los desnuco con la palabra.

Ssss-shhh…

El vapor de la plancha de pelo sube al techo descascarado.

Qué locura es ser deseada en medio de tanta escasez. Disfrutar del tiempo segundo a segundo, retener el aire mientras están dentro de mí, obligándolos a saborear lo húmedo, lo cálido y lo estrecho de mi vulva en una habitación donde el único lujo es el deseo. Es una demencia hermosa sentir la potencia de sus erecciones golpeando en el fondo de mi vagina, y dentro de mi ano, desafiando las costuras de la decencia que la sociedad nos impone. Si pudiera hacer de esos encuentros algo eterno, una tregua contra la miseria de la rutina, el mundo sería distinto.

Ninguno de los que me ven pasar con los ojos bajos por la calle se imagina cuán húmeda estoy todo el día. Mientras cobro el dinero de los tintes o limpio los cabellos muertos del piso, por dentro soy un río deseoso de más y más sexo. Muchos puritanos de iglesia y acera le llaman a esto enfermedad, ninfomanía, perversión. Yo no puedo encontrar defecto o maldad en lo único que me hace sentir viva, en lo único que el sistema no me ha podido arrebatar ni cobrar con impuestos. Paso los días pensando en la próxima aventura, en sentir lo duro y rústico de un pene agreste que me devuelva la certeza de que mi cuerpo me pertenece.

La felicidad que me causa un orgasmo chorreante, ese enérgico vibrar allá adentro que borra por unos segundos el ruido de la planta eléctrica del colmado de al lado, no es comparable con nada que conozca. No hay sueldo, ni promesa, ni discurso político que se le iguale.

En la intimidad, esos hombres que afuera se creen los dueños del barrio, los que caminan con el pecho inflado, pasan a ser míos. Los llevo a niveles de excitación que ni ellos mismos conocían, desarmándoles el orgullo berraco. Les descubro cada truco, cada ruta, cada atajo escondido en su propia piel; busco la forma exacta de lograr que no puedan contener los gemidos, hasta que se desatan y se rompen en mis manos. Me gusta gemirles en los oídos, escucharlos gritar de frustración y delicia, sentir la desesperación bendita que les da por tenerme enganchada, y sus ansias casi violentas por propiciar mis orgasmos.

Pero estas ganas no despiertan si yo no lo decido; no soy un juguete de cuerda. No suelo complacerlos corriéndome a la primera de cambio; el placer se suda, se trabaja. Aunque debo confesar que, de vez en cuando, en una orgía, es difícil no ceder. Esos encuentros colectivos, donde los cuerpos sudorosos se confunden y el olor a sexo inunda las paredes agrietadas, son mi debilidad. Es una de mis fantasías favoritas: ante la inmensidad y la abundancia de los estímulos, rodeada de pieles anónimas marcadas por la vida, es inevitable no romperme por dentro.

Hago uso de mi ego siempre que puedo, es mi único escudo. Me fascinan los hombres dispuestos, esos que entran sin miedo al fuego. Elevarlos hasta el descontrol absoluto, separarlos de su propia piel y dejar atrás, aunque sea por una hora, la imperfección y la miseria del ser humano corriente. Llevarlos directo a la plenitud. Yo no conozco los límites, doy rienda suelta a toda mi perversidad para quemarlos en la hoguera salvaje de mi coño en constante ebullición.

¡Clac-clac-clac!

Doña Tata sacude las tijeras. Interrumpiendo de nuevo mis pensamientos. Afuera, el sol del Caribe abolla los techos de zinc.

No me importa el dolor físico; a veces el dolor es lo único real que te queda. Saciar mi sed con sus sexos es la expresión del placer máximo. Ser objeto sexual me gusta, pero ojo, sólo bajo mis malditas reglas. Adoro que me desnuden con la furia de quien lleva una vida pasando hambre, los besos húmedos que huelen a tabaco y calle, la sensibilidad dolorosa que se queda después en mis pezones. Suplicar que me penetren, pedirles por favor con la voz rota… eso los enloquece porque creen que ganaron, sin saber que soy yo quien los tiene de rodillas.

Deseo que sus erecciones sean mías, confiscadas, que sus cuerpos olviden el camino a sus casas y sólo deseen mi carne. Quiero ahogarlos en el pozo profundo de mi hambre y hacerlos perder la cabeza. Que sean presos de mi ano, que sean salvajes con él, que no se detengan aunque suelte un quejido de dolor entre los dientes. Quiero sus lenguas ásperas en mi sexo, extrayendo el néctar de esa flor a plenitud hasta dejarme vacía, haciéndome temblar sobre la cama como si me diera un ataque.

Quiero esa felicidad que nunca es suficiente, esa que funciona como una ruleta constante en la que siempre juego en contra del destino. Soy adicta al sexo, lo sé. Mi humor es amargo, seco y hostil como la misma ciudad, hasta que me cogen. Hasta que por fin me penetran y sacan toda esta rabia y este desespero que llevo acumulado en el pecho. Soy una ninfómana irremediable en un callejón sin salida, y ahora mismo, mientras limpio este espejo sucio de la peluquería, estoy muriendo de ganas.


#Relato Erótico  #LiteraturaErotica #NarrativaDominicana #RealismoSucio,

jueves, 11 de junio de 2026

Hombre De Un Minuto.

¡No!


¡Zas! El eco de mi mano estampándose contra la madera de la mesa frena en seco tu intento de acercarte. Atrás. No des ni un maldito paso más.


Mírate. Ahí estás parado, respirando como un animal acorralado, con esa mirada turbia y desenfocada que antes me daba pena y hoy solo me revuelve el estómago. Huele a sudor agrio, al rastro espeso de tu desesperación. Quieres dar lástima con tus hombros caídos y esa estúpida mueca temblorosa en los labios, pero ya no me importas. Mírame bien las manos: me tiemblan, sí, pero no de miedo, sino de las ganas enfermas que tengo de escupirte en la cara.


Usted —porque ya ni el ‘tú’ de la intimidad te mereces— no volverá a disfrutar de mi cuerpo nunca más. Grábatelo en esa cabeza hueca.
Cshhh… El roce de la sábana se siente como lija mientras me cubro, asqueada de compartir el mismo aire impregnado de tu fracaso. Tú no me vas a volver a penetrar jamás, te lo aseguro por lo más sagrado que me queda: mi propio orgullo. Me cansé. Me harté de ti, de tu maldito sexo malo, insípido, frío. De esa rutina miserable donde solo importas tú.


¡Bof! Sueltas un bufido de frustración y abres la boca para soltar el mismo guion de siempre. Ya me lo sé de memoria. Me cansé de que me llores al oído diciendo que ahora eres precoz, de tus excusas baratas. Según tú, por mi culpa estás así. «Es que tú me pones así, nena», me susurras con esa voz gangosa, intentando camuflar tu incompetencia con un halago miserable.


¡Por favor! ¡Ja! La carcajada me sale del fondo de las entrañas, seca, ácida, directo a tu ego sangrante. Yo no tengo la culpa de que seas un maldito hombre de un minuto. No me cargues con tu impotencia ni con tu prisa egoísta. Yo necesito un hombre de verdad, uno que sepa cómo atender a una mujer, que me queme la piel, que me deshaga, que entienda lo que es el placer y no solo el espasmo torpe de un adolescente asustado.


Y tú… —lo miro fijamente a los ojos, clavándole la mirada como un puñal mientras una sonrisa amarga de puro desprecio me deforma la boca— tú no eres tal hombre. Eres solo un residuo. Fuera de mi cama.

📸 Gemini 

#Relato #Desamor #Ruptura #RelacionesToxicas #DramaPsicologico #RelatosCortos

miércoles, 22 de abril de 2026

Noches de descaro y fuego.


El aire en el local estaba cargado de esa electricidad estática que solo precede a las grandes tormentas o a las decisiones irrevocables. Afuera, la lluvia golpeaba el pavimento con una insistencia monótona, pero adentro, el tiempo parecía haberse espesado, moviéndose al ritmo lento del jazz que se filtraba por los altavoces.

Había llegado diez minutos después que él, arrastrando tras de mí el frío de la calle y una seguridad que desentonaba con la penumbra del lugar. No nos saludamos con palabras; no hacía falta. Nos conocíamos lo suficiente para saber que los protocolos eran estorbos. Durante un largo rato, el único diálogo fue el roce accidental de las rodillas bajo la barra y el intercambio de miradas que medían fuerzas, como dos depredadores que reconocen en el otro una amenaza fascinante.

Él me observó en silencio mientras yo jugaba con el borde de mi copa, trazando círculos invisibles sobre el cristal empañado. Habíamos estado hablando de lo inevitable, de esa tensión que nos mantenía en vilo desde hacía semanas, envolviendo el deseo en metáforas elegantes para no tener que llamarlo por su nombre. Pero el juego intelectual empezaba a agotarse; la elegancia ya no era suficiente para contener lo que pedía paso a gritos.

—Estás pensando demasiado —me dijo, rompiendo el silencio con una voz que era puro terciopelo y advertencia.
—La inteligencia es un vicio difícil de dejar —repliqué, con una media sonrisa—. Pero tienes razón. A veces, pensar es solo una forma sofisticada de tener miedo.
Me enderecé, abandonando el respaldo del taburete. El peso de la duda se evaporó en un instante, reemplazado por una determinación absoluta. El deseo ya no era un murmullo, era una orden.

Fue entonces cuando el cristal de la copa chocó contra la madera de la barra con un eco seco, casi imperceptible entre el rumor del bar. Deslicé el vaso vacío hacia él, con la mirada encendida y una sonrisa que desafiaba cualquier rastro de prudencia.

—Si me vas a poseer ésta noche—susurré, acercándome lo suficiente para que el aroma del whisky se mezclara con mi perfume—, haz que sea con un poco de ayuda etílica.

Él arqueó una ceja, atrapando el destello de desafío en mis ojos. No era una petición de debilidad, sino una invitación al incendio.

—¿Quieres que te emborrache los sentidos? —preguntó él, bajando la voz.
—Hasta que mi conciencia baje la guardia —respondí sin parpadear—. Porque, seamos honestos: entre menos presencia tenga la lógica, más espacio queda para el descaro.

Le hice una seña al barman para que repitiera la dosis. El líquido dorado fluyó, prometiendo ese estado de gracia donde las consecuencias son solo un concepto abstracto. Yo sabía que el alcohol no creaba el deseo, solo le quitaba el bozal.

—Menos culpa, más fuego —sentencié, tomando delicadamente el vaso nuevo entre mis dedos—. Créeme, la noche sabe mejor cuando no tenemos que dar explicaciones a la mañana siguiente.

Apuré el trago, sintiendo el calor recorriendo mi garganta. Afuera, la ciudad dormía bajo la dictadura de lo correcto; adentro, nosotros estábamos a punto de fundar nuestra propia anarquía, una donde la memoria sería borrosa, pero la piel recordaría exactamente dónde empezó el incendio. Sin lógica, sin frenos, solo el descaro de dos extraños que decidimos que la cordura era un precio demasiado alto para un viernes en la noche.

Él no esperó a que el hielo terminara de derretirse en su propio vaso. Dejó un billete sobre la barra, un gesto final que cortaba el último lazo con el mundo civilizado de aquel bar. Su mano rodeó mi antebrazo, no con fuerza, sino con una posesividad que me hizo entender que el juego de palabras había terminado.

—La anarquía no se queda en la barra —murmuró cerca de mi oído, su aliento cálido enviando una descarga eléctrica que terminó de incendiar lo que el whisky ya había encendido en mi sangre.

Salimos al aire frío de la noche, pero el contraste no logró apagar nada. La humedad de la calle brillaba bajo los faroles como si la ciudad misma estuviera sudando. No buscamos un taxi; no queríamos testigos, ni siquiera el breve intercambio de una dirección con un extraño. Sus dedos se entrelazaron con los míos, tirando de mí hacia la penumbra de un callejón que servía de atajo hacia su edificio, un rincón donde las sombras eran lo suficientemente espesas para ocultar el primer choque.

Me acorraló contra la pared de ladrillos húmedos antes de que pudiéramos dar diez pasos. El golpe de mi espalda contra la superficie fría fue el recordatorio de que la realidad seguía ahí, pero su cuerpo presionando el mío la hizo desaparecer de inmediato.

—Me pediste descaro —dijo él, su voz apenas un gruñido mientras sus manos subían por mi cintura, ignorando cualquier barrera de tela—. Y me pediste fuego. Pero el alcohol solo duerme a los santos, y tú y yo hace mucho que no tenemos nada que salvar.

Sus labios reclamaron los míos con una urgencia que no pedía permiso. Sabía a tabaco, a deseo contenido y a esa misma oscuridad que nos rodeaba. Mi respuesta fue un jadeo que se perdió en su boca, mis manos enredándose en su cabello con la desesperación de quien ha encontrado finalmente el epicentro del sismo.

En ese momento, el mundo exterior —la moral, el reloj, la sensatez del sábado por la mañana— se redujo a cenizas. Solo quedaba el rastro de su piel contra la mía y la certeza de que, aunque mañana la memoria fuera un rompecabezas incompleto, las marcas que estábamos a punto de dejarnos serían la única verdad que importara.

📷 Pinterest

#Relatos #NocheDeJazz #Whisky #Deseo #MenosCulpaMásFuego

domingo, 7 de diciembre de 2025

Corona de Sumisión




No es la fuerza de tu mano la que me ata,
sino el silencio ansioso de tu espera.
Me pides rendición, sin saberlo me tientas y me matas, y al caer ante tus pies, tú caes en mi abismo, donde mi voluntad prospera y soy tu dueña.

Tu cuerpo es el terreno que conquisto, arrancarte los orgasmos es el límite que trazas, y yo que disfruto de hacerte sufrir dándote placer, y el oírte rogar por cruzarlo, para no desaprovechar por hacerme doblar mis rodillas, justo ahí es donde mi poder encuentra sus raíces, y mi alma, tu dueña, se humilla orgullosa.

Tú crees que posees las estrategias de este juego, yo siempre tengo un as bajo la manga, soy yo quién coreografía cada encuentro, he escrito el guión de cada escena en la que 
tú ordenas el tacto, la pausa, el latido, pero eres mi ofrenda más pura, mi sumiso con rol dominante, me encanta que dices el compás de dónde, cómo, y cuándo hemos de ir. Así te disfruto, tú, siendo libre y entregándote a mí.

Recuerda: "El sumiso es el que tiene el control", no quien toma o arrebata, sino el que concede, el que se desnuda el alma antes que el cuerpo, sin pedir nada extra.

Tu placer es mi trono, y mi goce es tu armadura.
Tú dominas la escena; yo manejo la trama.
Pues solo un "sí"  a tu deseo inmenso e irrefrenable, te permite gozar, mientras te consume y te quema.
En mi entrega total, eres tú mi premio.

Soy tu deseo más vehemente, aunque finja ser la humilde servidora.
Soy la voz del sí, que te da el permiso de dejarte llevar.
Tú me tomas, amor, pero yo soy tu refugio...
Y mi sed insaciable es la que guía tu placer adictivo hasta la muerte inevitable de tu exquisito miembro dentro de mí.

📸 Pinterest 

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sábado, 6 de diciembre de 2025

Fiebre de un Cuerpo Muerto de Ganas





Sé bien que lo sabes. Sabes cuánto ardo por dentro. No es una llama, es el infierno de una mujer que te necesita. Y tú... tú apenas me tocas cuando te sientes vivo. Es esa mano tibia, la misma que en otra vida conocía la geografía exacta de mi espalda baja, la que ahora se posa en mí como un turista cansado.

Yo, mientras, estoy quemándome. Volviéndome loca por una migaja de caricia que pueda acallar esta locura por sexo, ese que me debes desde hace meses y mi cuerpo grita con una necesidad obscena. Lo ves. No tienes que fingir que no lo haces.

Lo ves en la punta dura y oscura de mis pezones, tensos incluso bajo el algodón de la camisa. Lo ves en la piel de gallina que me trepa los muslos a cada susurro caliente que no es tuyo. Te lo gritan mis ojos, esos que recuerdas oscuros y hambrientos, ahora solo son dos pozos de ruego desesperado.

¿Dime en qué posición me pongo en la cama, para que si tu cuerpo deje de ser un frío cadaver?
Mírame, estoy desnuda. Desnudada no por seducción, sino como el mapa abierto de una tierra virgen que implora ser habitada por ti. Lo hago para controlar a mis demonios lascivos, a esos que me recuerdan con crueldad el sabor metálico de los días en que tu boca fue capaz de hacerme explotar.

Ellos me susurran al oído que debería ser infiel. Me hablan de los placeres exquisitos que encontraré en otros brazos, quizás más fuertes, más dispuestos, recibiendo esas caricias que tú, cobarde, llamas "prohibidas". Es solo una mentira que te contaste para justificar tu miedo.

Ellos me dicen: «Eres demasiado pervertida, mi amor, para andar de santa». Y tienen razón. Soy fuego estancando mis pasiones por un pendejo aburrido que eligió vivir a media luz.

Me agobio de esta desesperación viscosa que desea salir por ti. Pero tanta decepción es un nudo frío en el estómago. Tantas ganas acumuladas que se mueren al primer intento de vivir, por tu fósforo mojado. Los orgasmos retenidos son ya peso muerto. Los gemidos estancados me cierran la garganta y me asfixian.

Siento mi vagina palpitar, como un corazón salvaje que está a punto de detenerse. Húmeda, palpitando y, a la vez, muriendo de deseo en este total abandono. Mis labios, siempre tan llenos, están sedientos de los besos intensos que nunca me has dado y que solo te atreviste a prometer.

Y este es mi último miedo: Temo que si otro, quien sea, siquiera me roza la piel, olvidaré de golpe lo que me detiene. Mi cuerpo está tan débil, tan a la deriva. No me creo capaz de resistirme a ceder por abandono. Y la culpa, mi amor, será tuya.



📸 Pinterest 


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viernes, 28 de noviembre de 2025

El Edén Prometido.





Ven. No hables. Calla el ruido del mundo con tu tacto.
Arráncame, la ropa y que caiga como promesas rotas.

Sé violento. Sé el cazador que he estado esperando toda la noche.
No me penetres, colisiona contra mí. 

Hazlo duro y salvaje, sin sutileza, sin piedad, 
como si hubieras acumulado odio por mí durante años 
y se liberara ahora mismo al estar desnuda frente a ti.

Quiero la brutalidad de tu sexo erecto abriéndose paso en mi vagina, 
de tus manos quemando mi piel. 
Sentir cada centímetro de ti rozar mi humedad como para incendiar el amazonas, hazlo una verdad ineludible.

Destrúyeme. Por favor, borra cada amante, cada recuerdo, 
cada futuro encuentro que no sea contigo.
Arruina mi vida íntima para siempre, 
de forma que no exista nadie más capaz de llenar este abismo de necesidad. 
Que seas mi única fuente de placer.

Y mientras me aniquilas, estando dentro de mí, 
derrama tu humedad, ardiente, viscosa y desbordante,  
quiébrame, y hazme estallar, 
porque solo la anticipación de tu furia logra arrancar de mí.

Ven, por favor.
Mi vagina late acelerada como mi corazón ahora mismo. 
Palpita ansiosa y desnuda, 
esperando que esa ansiedad que me consume solo pueda ser saciada 
y silenciada al tenerte dentro, 
mis dedos no logran sustituirte ni imaginándote aquí.


📸 Pinterest 

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Fuiste el sueño más largo, una travesía de luz que se instaló en mis párpados, una promesa que se sentía eterna mientras mis ojos permanecía...

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