Sentada en la mesa de reuniones, cerré los ojos para concentrarme.
Podía sentir la inquietud latiendo en mis venas, una necesidad que me quemaba por dentro.
¡Y a esta hora!
A mi alrededor, las mesas se llenaban de conversaciones, risas y el tintineo de vasos, pero nada de eso disipaba lo que sentía. Lo confieso, es una necesidad, una adicción, un fluir que no admite largas postergaciones.
Con un movimiento rápido, casi instintivo, alcancé mi carpeta. Mis dedos rozaron la pluma y una descarga eléctrica me recorrió el brazo. Sabía que esto no cesaría con lo que me rodeaba. Cuando empieza, no hay modo de parar, y yo busco esa corriente, quiero que me alcance y me arrastre.
La primera vez fue en la secundaria. Tuve que ir al baño. Llegó tan rápido, como un suspiro. Yo era tímida y frágil. Pero tras esa vez, vino la segunda, la tercera... y luego el caos en mí se desató. Cuando fluye, es como una fuerza sobrehumana que me arropa, algo que me domina, un torrente que estalla y brota en mi alma. Un río de sensaciones simultáneas que se entrelazan y cobran vida propia. Una explosión de energía que surge, sin control, desde el cuerpo y la mente, de adentro hacia afuera.
Las imágenes y los personajes de mis fantasías tomaron forma. Sus voces resonaron con fuerza en mi cabeza, sus pasiones y desinhibiciones se convirtieron en las mías. Ya no importaba si estaba en una cafetería, ya no escuchaba la charla de los demás. No me importaba el lugar ni el rostro que estuviera allí; solo importaba la explosión que urgía en mí.
Necesitaba fantasear como si mi vida dependiera de ello. Cada suspiro era un latido, cada sensación, un grito ahogado que finalmente encontraba su libertad. Necesitaba ser un volcán en erupción, soltar lo que sentía, dejar que la marea se llevara mi estrés. Era mi catarsis, mi manera de enfrentarme a los fantasmas que me perseguían, mi forma de convertir el caos externo en belleza.
Me levanté rápidamente y fui al baño de damas. En uno de los cubículos más grandes, me recosté contra la pared, me agaché y me dejé llevar, masturbándome, procurando que mis gemidos no fueran fuertes y que mi humedad no produjera sonido alguno.
Cuando finalmente el hormigueo se apoderó de mi cuerpo, me desplomé hacia atrás, exhalando profundamente. El torrente infernal que yacía dentro de mí se había calmado, la marea había cedido. Todo el lugar seguía igual de ruidoso, pero para mí, la explosión de mi orgasmo era lo único que importaba.
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