Sé bien que lo sabes. Sabes cuánto ardo por dentro. No es una llama, es el infierno de una mujer que te necesita. Y tú... tú apenas me tocas cuando te sientes vivo. Es esa mano tibia, la misma que en otra vida conocía la geografía exacta de mi espalda baja, la que ahora se posa en mí como un turista cansado.
Yo, mientras, estoy quemándome. Volviéndome loca por una migaja de caricia que pueda acallar esta locura por sexo, ese que me debes desde hace meses y mi cuerpo grita con una necesidad obscena. Lo ves. No tienes que fingir que no lo haces.
Lo ves en la punta dura y oscura de mis pezones, tensos incluso bajo el algodón de la camisa. Lo ves en la piel de gallina que me trepa los muslos a cada susurro caliente que no es tuyo. Te lo gritan mis ojos, esos que recuerdas oscuros y hambrientos, ahora solo son dos pozos de ruego desesperado.
¿Dime en qué posición me pongo en la cama, para que si tu cuerpo deje de ser un frío cadaver?
Mírame, estoy desnuda. Desnudada no por seducción, sino como el mapa abierto de una tierra virgen que implora ser habitada por ti. Lo hago para controlar a mis demonios lascivos, a esos que me recuerdan con crueldad el sabor metálico de los días en que tu boca fue capaz de hacerme explotar.
Ellos me susurran al oído que debería ser infiel. Me hablan de los placeres exquisitos que encontraré en otros brazos, quizás más fuertes, más dispuestos, recibiendo esas caricias que tú, cobarde, llamas "prohibidas". Es solo una mentira que te contaste para justificar tu miedo.
Ellos me dicen: «Eres demasiado pervertida, mi amor, para andar de santa». Y tienen razón. Soy fuego estancando mis pasiones por un pendejo aburrido que eligió vivir a media luz.
Me agobio de esta desesperación viscosa que desea salir por ti. Pero tanta decepción es un nudo frío en el estómago. Tantas ganas acumuladas que se mueren al primer intento de vivir, por tu fósforo mojado. Los orgasmos retenidos son ya peso muerto. Los gemidos estancados me cierran la garganta y me asfixian.
Siento mi vagina palpitar, como un corazón salvaje que está a punto de detenerse. Húmeda, palpitando y, a la vez, muriendo de deseo en este total abandono. Mis labios, siempre tan llenos, están sedientos de los besos intensos que nunca me has dado y que solo te atreviste a prometer.
Y este es mi último miedo: Temo que si otro, quien sea, siquiera me roza la piel, olvidaré de golpe lo que me detiene. Mi cuerpo está tan débil, tan a la deriva. No me creo capaz de resistirme a ceder por abandono. Y la culpa, mi amor, será tuya.
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