miércoles, 8 de julio de 2026

Ninfomaniaca


¡Prrum-pum!

El mofle de un motorista colado en el tapón de la Avenida Duarte truena contra los cristales, haciendo vibrar el mostrador de aluminio donde apoyo los codos. Aquí adentro el aire huele a desrizado barato, a sudor viejo acumulado en las esquinas y a ese vaho a metal caliente que despiden los secadores de pelo encendidos desde las ocho de la mañana. Doña Tata me mira de reojo mientras le pasa el blower a una clienta. Tiene las venas de las piernas brotadas, como raíces expuestas de un árbol que se niega a secarse en este maldito asfalto. Ella cree que me conoce porque sabe las horas que marco en la tarjeta de entrada; todos creen saber quién eres por el uniforme que llevas puesto.

Reservo mi verdadero nombre. No les hace falta. Llámame como te dé la gana, te doy el permiso, total, en este barrio a las mujeres siempre nos rebautizan con el primer insulto o el primer halago que se les ocurre en la esquina. Al son que me toquen bailo, pero eso sí: báileme usted bien. Yo aguanto el trote de la guagua pública, el calor infame que te pega la ropa al cuerpo como una segunda piel sucia y las exigencias de un trabajo que paga una miseria, pero no aguanto faltas de respeto. Quiero sólo si quiero. No soy una mujer fácil, de esas que se doblan por la promesa de tres pesos o un pasaje. Lo que sí soy es una mujer ardiente, perversa, y tengo un hambre vieja metida entre las costillas que no se quita con arroz y habichuelas.

Me defino como pasionalmente intensa. En un mundo que te quiere callada, sentada en una esquina esperando que la vida pase, yo expreso las cosas tal como las siento. Me gusta arrancar las fantasías de la cabeza y estamparlas contra la realidad, aunque queme. Disfruto del sexo salvaje, de ese que te deja los muslos temblando y la espalda marcada por las sábanas ásperas de un motel de la Máximo Gómez. Resistirme a un buen encuentro es casi imposible; me fascina observar a mi interlocutor carnal, verle las marcas del cansancio en el rostro, el costurón en el hombro de cargar cajas, y luego usar mi mente para describir la experiencia, viendo cómo se elevan en sus propios pensamientos mientras yo los desnuco con la palabra.

Ssss-shhh…

El vapor de la plancha de pelo sube al techo descascarado.

Qué locura es ser deseada en medio de tanta escasez. Disfrutar del tiempo segundo a segundo, retener el aire mientras están dentro de mí, obligándolos a saborear lo húmedo, lo cálido y lo estrecho de mi vulva en una habitación donde el único lujo es el deseo. Es una demencia hermosa sentir la potencia de sus erecciones golpeando en el fondo de mi vagina, y dentro de mi ano, desafiando las costuras de la decencia que la sociedad nos impone. Si pudiera hacer de esos encuentros algo eterno, una tregua contra la miseria de la rutina, el mundo sería distinto.

Ninguno de los que me ven pasar con los ojos bajos por la calle se imagina cuán húmeda estoy todo el día. Mientras cobro el dinero de los tintes o limpio los cabellos muertos del piso, por dentro soy un río deseoso de más y más sexo. Muchos puritanos de iglesia y acera le llaman a esto enfermedad, ninfomanía, perversión. Yo no puedo encontrar defecto o maldad en lo único que me hace sentir viva, en lo único que el sistema no me ha podido arrebatar ni cobrar con impuestos. Paso los días pensando en la próxima aventura, en sentir lo duro y rústico de un pene agreste que me devuelva la certeza de que mi cuerpo me pertenece.

La felicidad que me causa un orgasmo chorreante, ese enérgico vibrar allá adentro que borra por unos segundos el ruido de la planta eléctrica del colmado de al lado, no es comparable con nada que conozca. No hay sueldo, ni promesa, ni discurso político que se le iguale.

En la intimidad, esos hombres que afuera se creen los dueños del barrio, los que caminan con el pecho inflado, pasan a ser míos. Los llevo a niveles de excitación que ni ellos mismos conocían, desarmándoles el orgullo berraco. Les descubro cada truco, cada ruta, cada atajo escondido en su propia piel; busco la forma exacta de lograr que no puedan contener los gemidos, hasta que se desatan y se rompen en mis manos. Me gusta gemirles en los oídos, escucharlos gritar de frustración y delicia, sentir la desesperación bendita que les da por tenerme enganchada, y sus ansias casi violentas por propiciar mis orgasmos.

Pero estas ganas no despiertan si yo no lo decido; no soy un juguete de cuerda. No suelo complacerlos corriéndome a la primera de cambio; el placer se suda, se trabaja. Aunque debo confesar que, de vez en cuando, en una orgía, es difícil no ceder. Esos encuentros colectivos, donde los cuerpos sudorosos se confunden y el olor a sexo inunda las paredes agrietadas, son mi debilidad. Es una de mis fantasías favoritas: ante la inmensidad y la abundancia de los estímulos, rodeada de pieles anónimas marcadas por la vida, es inevitable no romperme por dentro.

Hago uso de mi ego siempre que puedo, es mi único escudo. Me fascinan los hombres dispuestos, esos que entran sin miedo al fuego. Elevarlos hasta el descontrol absoluto, separarlos de su propia piel y dejar atrás, aunque sea por una hora, la imperfección y la miseria del ser humano corriente. Llevarlos directo a la plenitud. Yo no conozco los límites, doy rienda suelta a toda mi perversidad para quemarlos en la hoguera salvaje de mi coño en constante ebullición.

¡Clac-clac-clac!

Doña Tata sacude las tijeras. Interrumpiendo de nuevo mis pensamientos. Afuera, el sol del Caribe abolla los techos de zinc.

No me importa el dolor físico; a veces el dolor es lo único real que te queda. Saciar mi sed con sus sexos es la expresión del placer máximo. Ser objeto sexual me gusta, pero ojo, sólo bajo mis malditas reglas. Adoro que me desnuden con la furia de quien lleva una vida pasando hambre, los besos húmedos que huelen a tabaco y calle, la sensibilidad dolorosa que se queda después en mis pezones. Suplicar que me penetren, pedirles por favor con la voz rota… eso los enloquece porque creen que ganaron, sin saber que soy yo quien los tiene de rodillas.

Deseo que sus erecciones sean mías, confiscadas, que sus cuerpos olviden el camino a sus casas y sólo deseen mi carne. Quiero ahogarlos en el pozo profundo de mi hambre y hacerlos perder la cabeza. Que sean presos de mi ano, que sean salvajes con él, que no se detengan aunque suelte un quejido de dolor entre los dientes. Quiero sus lenguas ásperas en mi sexo, extrayendo el néctar de esa flor a plenitud hasta dejarme vacía, haciéndome temblar sobre la cama como si me diera un ataque.

Quiero esa felicidad que nunca es suficiente, esa que funciona como una ruleta constante en la que siempre juego en contra del destino. Soy adicta al sexo, lo sé. Mi humor es amargo, seco y hostil como la misma ciudad, hasta que me cogen. Hasta que por fin me penetran y sacan toda esta rabia y este desespero que llevo acumulado en el pecho. Soy una ninfómana irremediable en un callejón sin salida, y ahora mismo, mientras limpio este espejo sucio de la peluquería, estoy muriendo de ganas.


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