El teléfono vibró sobre mi escritorio, interrumpiendo la monotonía de la tarde. Mi corazón dio un vuelco al ver que era él. Respire hondo y deslice el dedo para responder.
—¡Hola! —mi voz sonó más débil de lo que hubiera querido.
—¿Podemos vernos? — la urgencia en su tono era palpable.
Un nudo se formó en mi garganta. ¿Otra vez? ¿Otra promesa rota? Negué con la cabeza, aunque él no pudiera verme.
—No lo creo, Franklin. Ya hemos pasado por esto varias veces y no veo mejoría.
—¡Te juro que será diferente! —insistió él.
Solté una carcajada amarga. Era la misma frase que había escuchado cientos de veces.
—Ya no creo en tus promesas. Todo ha cambiado, Frank. Ya no siento lo mismo.
Los mensajes de texto se sucedían como ráfagas en mi pantalla, cada uno un poco más insistente que el anterior. Finalmente, cedí. El punto de encuentro: el banco de piedra frente a la iglesia, nuestro lugar habitual. La rutina se sentía sofocante, pero necesitaba poner un punto final a todo esto.
Llegamos a la cabaña. El ambiente era cálido, con la luz del atardecer filtrándose por las ventanas. Se sentó en la cama, yo en el sofá. La conversación fluyó al principio, pero pronto sentí la tensión. Su mano rozó mi rodilla, insistente. La aparté con un gesto brusco.
—¿Recuerdas cuando me rechazaste un abrazo? —dijo, su tono apagado—. Desde entonces, abrazarte se me hace difícil. Lo que antes me atraía de ti… ya no está.
Un silencio incómodo se instaló. Encendí la televisión para romper el hielo, pero sus ojos seguían clavados en mí. Aproveché que salió a atender una llamada y me recosté, esperando que entendiera el mensaje. Cuando volvió, me cambié de posición, sintiéndome segura. Pero en un abrir y cerrar de ojos, estaba encima de mí, sus labios buscando los míos con fuerza. Forcejee, traté de apartarlo, pero era más fuerte. Me cansé de luchar, de sentirme atrapada.
Sus dedos, como garras invisibles, se clavaron en mis costillas. Una risita maligna acompañaba cada toque, cada vez más insistente, más profundo. Mi cuerpo se contorsionaba, la respiración se me entrecortaba, le pedí que parara, ya que sentía que no podía respirar. Su aliento caliente rozó mi cuello, húmedo e insistente. Con un tirón brusco, me quito la blusa, revelando mi piel. Sus manos, ásperas como lija, se apoderaron de mi cuerpo, tirando de mí como un muñeco de trapo. Sus labios, voraces y hambrientos, se aferraron a mis pezones, mordiendo y succionando con una fuerza que me arrancó un gemido ahogado.
“Basta, por favor”, susurré, mi voz apenas un hilo. Pero mis súplicas eran inútiles. Sus manos se aferraron a mi cintura con una fuerza que me paralizó. Cada movimiento que intentaba era respondido con una presión mayor, como si intentara fundirme en él.
Un calor abrasador se apoderó de mí, como si estuviera siendo consumida por el fuego de su deseo; cualquier movimiento que hacía solo provocaba que me apretara aún más. Me agarró ambas manos con una suya y con la otra me bajó los pantalones sin bajar el zíper. Sus dedos, gruesos y precisos, se deslizaron por la delicada tela de encaje de mis bragas, dibujando un bucle infinito, provocando en mí una humedad insoportable.
Besándome lentamente, se dirigió a mis entrepiernas. Su aliento cálido en mi piel, sus labios, húmedos e insistentes, exploraban cada rincón de mi ser. Mientras sus manos, como tenazas, se aferraban a mis muslos. Con cada movimiento que hacía, sentía cómo se arrastraba más a mi cuerpo, dejando un rastro de fuego y aunque trate de detenerlo, pero era imposible. La fuerza que me ejercía, solo me debilitaba, logrando poco a poco que me dejara llevar a su infierno. Me arrastro hacia uno de los bordes de la cama, se puso de rodillas y siguió lamiendo exquisitamente mi vulva, prácticamente sin cansarse.
Mis caderas se movían involuntariamente, respondiendo a su ritmo. El roce de su lengua en mi clítoris era una tortura dulce, una sensación electrizante que me hacía perder la noción del tiempo.
Él me miraba entre lamidas. Mis ojos se cruzaron con los suyos en un desafío silencioso. Su mirada, intensa y fija, me transmitía una determinación que me hacía dudar de mis propias fuerzas. Al sentir cómo me levantaba, arqueando mi cuerpo, me rendí ante él, cansada de luchar en vano, entregándome a su dominio. Con mis nalgas en sus manos, ya completamente entregada a su pasión desenfrenada, mientras él se encontraba de rodillas, sentía la calidez de su aliento, mezclándose con mi humedad, y el calor que emergía de mi cuerpo. Sus manos, fuertes y seguras, me arrastraban hacia un abismo de sensaciones aún desconocidas.
Mi cuerpo, prisionero de él, se contorsionaba bajo sus ricas caricias. La fricción de su lengua y la succión exquisita de su boca, era lo que encendía la llama que consumía mi interior. Aunque una parte de mí se negaba, por dolor, por otro lado, me entregaba a Franklin una vez más por amor, y fascinada por la intensidad del momento que él me entregaba. Introdujo un dedo en mi vagina, sintiendo la humedad que había desatado en mí, procedió e introdujo su miembro, grueso y erecto, penetrándome, lentamente, mientras fue acomodando mi cuerpo despacio, apretando mi cadera, haciendo movimientos cortos y firmes, dándome una mezcla de dolor y placer, rico y sonoro.
Un sonido húmedo y resonante llenaba la habitación. Su cuerpo se hundía y emergía de mí, cada embestida más profunda y más rápida. Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en los míos. Un gruñido gutural escapó de sus labios, mientras su cuerpo temblaba de placer, mirándome a los ojos, dijo: —Amo hacer el amor contigo.
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