sábado, 9 de noviembre de 2024

La verdad Oculta.




La ciudad estaba sumida entre la oscuridad de la noche húmeda y el ruido de los carros en el tráfico que iba y venía y el frío susurro del viento entre los árboles. Sofía, envuelta en el abrigo de cuero que le había regalado Diego, caminaba por el solitario callejón. La luna, llena y pálida, bañaba el espacio con una luz fantasmal, acentuando las sombras que se extendían como tentáculos desde los edificios.
Sus ojos, hinchados por el llanto, recorrían cada rincón familiar del callejón: la vieja farola que iluminaba débilmente el suelo agrietado, la pared descascarada donde solía apoyarse para fumar con Diego.

La noche anterior, la discusión había sido tan intensa que había sentido la necesidad de salir corriendo de la casa, en búsqueda de un momento a solas. Aunque estuvo pensando en las palabras de Diego durante toda la noche. Decidió que después del trabajo, iría a casa de Diego a ver si era que estaba saliendo con otra, o que le diera alguna razón de peso para que de buenas a primeras decidiera romper con ella. No podía creer que su relación, que había comenzado con tanta intensidad, con tantas promesas y sueños, hubiera terminado de esa manera, tan abruptamente.

La angustia que la envolvía era abrumadora. No lograba concentrarse en su trabajo. Se sentía perdida, como una nave a la deriva en un mar de incertidumbre. ¿Cómo seguir adelante sin él? ¿Cómo superar el dolor de esta desilusión? De pronto, una pesada lágrima resbaló por su mejilla. Una de sus compañeras se dio cuenta de lo que pasaba, le pidió que fuera al baño a lavarse la cara. Sofía se fue rápidamente al baño, dejándose caer al piso, abrazando sus rodillas, y dejó escapar un sollozo ahogado, tapándose la boca. La noche cayó sobre ella, sintiéndola más larga, pesada y misteriosa, como si un agujero se abriera en su pecho y desgarrara su alma.

Sofía se dirigió a casa de Diego, se detuvo al final del callejón, el corazón latiéndole como un tambor descompasado. La humedad de la noche se colaba por debajo de su abrigo de cuero, el mismo que Diego le había regalado en su aniversario. El regalo más hermoso y, ahora, el más cruel recordatorio de un amor que se esfumaba de sus manos.
Inspiró profundamente, tratando de calmar la tormenta que se desataba en su interior. La luna, una lágrima blanca en el cielo negro, iluminaba tenuemente su rostro, revelando las lágrimas que escapaban de sus ojos. El viento, como un susurro malicioso, se coló por entre sus cabellos, llevándola de golpe a la realidad.

Con el recuerdo fresco de la última conversación con Diego, esas palabras hirientes que quedaron clavadas en su alma como dagas. "Yo no te amo", había dicho, su voz fría y distante. "Necesito espacio". Sofía tocó la puerta, suavemente, pero nadie respondió. Diego abrió unos segundos más tarde, y la puerta de metal gruñó, anunciando su llegada. El silencio que reinaba dentro de la casa era ensordecedor, igual que el vacío que sentía en su interior. Se miraron fijamente. Diego, con cara de decepción, mira unos segundos a otro lado, mientras Sofía, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas, sintiendo el frío que Diego le brinda. Dejándola pasar al interior de la casa, caminó lentamente hacia Diego.

Con la voz temblorosa, intentó acercarse a él, rogando una explicación. Diego, sin mirarla a los ojos, la detiene colocando su mano izquierda sobre su hombro, le repitió que no la amaba más y que necesitaba alejarse. Sofía, herida en lo más profundo de su ser, no podía creer esas palabras. Conocía a Diego mejor que nadie y sabía que él era capaz de cualquier cosa por amor.

Desesperada, había recurrido a una táctica desesperada. Sabía que Diego tenía un arma siempre consigo, aunque no sabía por qué y, en un arrebato de dolor, le había suplicado que la matara. Le había profesado su amor por él, y de cómo era ahora el sentirse llena de desesperanza y un anhelo terrible de morir.

Cuando Diego escuchó aquellas palabras, se quedó paralizado. La imagen de Sofía, pálida y desconsolada, lo destrozaba por dentro. Él no quería hacerle daño, pero tampoco sabía cómo enfrentar la situación. Era un hombre perseguido, envuelto en un mundo oscuro y peligroso. No podía permitir que Sofía se viera involucrada en sus problemas.

— Sofía, por favor, no digas esas cosas —susurró Diego, acercándose a ella con cautela.
— ¡Dilo! ¡Dime que no me amas! —gritó Sofía, negándose a aceptar cualquier otra respuesta—. ¡Es más, mátame de una vez y acaba con esto! Tal vez así deje de pensarte.

Diego se sintió atrapado en una red de mentiras y dolor. Quería liberarse de esa carga, pero al mismo tiempo, no podía soportar la idea de perder a Sofía. En ese momento, se dio cuenta de que la única forma de protegerla era alejándose de ella para siempre.

— ¿Sofía? ¡Sofía, escúchame! —dijo Diego, tomando sus manos frías
— Yo... yo no te amo más, entiéndelo. No quiero seguir contigo. No quiero volver a verte nunca más.

Suena el teléfono de Diego, él contesta rápidamente, lo que escucha no le agrada, y se enfurece.

— ¡Mientes! —exclamó Sofía, negando con la cabeza, bañada en llanto—. ¡Si en algún momento algo de lo que pasó entre nosotros fue real, no me dejarías así!

Diego la miró fijamente a los ojos, buscando una pizca de esperanza, pero solo encontró dolor y desesperación. Con un nudo en la garganta, tomó su arma de fuego, sintiendo la fría sensación del metal en su mano, lo estremeció y le apuntó. Con un tono de voz entrecortada y lleno de furia

Apretando los dientes.
— Adiós, Sofía, vete de mi maldita casa ahora mismo y no vuelvas nunca más. Esta es la primera advertencia, para la próxima no tendrás tanta suerte. No quiero hacerte daño, pero necesitaba que entiendas de una vez. —

Dio media vuelta dándole la espalda, sin volverse a mirar.
Sofía se quedó fría en medio de la sala, envuelta en un mar de lágrimas. No podía creer que Diego le había apuntado con esa arma tan fría y pesada. Sintiéndose desilusionada y desolada.

Diego volvió a tomar el arma, colocándole un silenciador. Apuntó hacia uno de los sofás y apretó el gatillo. El sonido del disparo la hizo volver en sí, asustándola.

En ese momento, comprendió que el amor que sentía por Diego era un error que ella había cometido y que el amor verdadero no sería algo que ella tendría. Salió de la casa corriendo y llorando, mientras Diego golpeaba la mesa, llorando, lleno de ira por lo que había tenido que hacerle a Sofía.

Según pasaban los días, Sofía intentaba retomar su vida como si no hubiera pasado nada. Era un proceso lento y doloroso, se repetía constantemente, fue su error y que debía sanar sus heridas. Sabía que debía olvidar a Diego y a aceptar que su relación había llegado a su fin. Y aunque el recuerdo de aquel amor imposible la perseguía a veces, sabía que tenía que encontrar las fuerzas para seguir adelante.

Sofía había construido una frágil muralla alrededor de su corazón, con cada lágrima derramada y cada noche en vela. Pensaba que había logrado enterrar a Diego, a ese amor que la había consumido y luego abandonado. Pero la vida, con su cruel ironía, tenía otros planes.

Pero una noche de domingo, el timbre de su puerta resonó como un trueno en su calma aparente. Al abrirse, se encontró con una imagen que la dejó petrificada. Diego, pálido y ensangrentado, se desplomó en sus brazos. Sus palabras, entrecortadas por la agonía, la ataron a una realidad que creía haber dejado atrás.

Amor, ya nadie vendrá a hacerte daño. Los maté a todos.
Ella lo sostiene sorprendida y asustada, sintiendo su cuerpo temblar contra el suyo.
"Nunca te haría daño", susurró, besando su mejilla. - Nunca, oíste amor.

El miedo y la incredulidad se apoderaron de Sofía. ¿Cómo había llegado hasta aquí en esas condiciones? Mientras lo sostenía, sentía la tibieza de su sangre manchando su ropa, y una oleada de confusión la inundó. ¿Era este el final de su pesadilla o el comienzo de una nueva?

Acomodándolo sobre el sofá, con manos temblorosas, le revisó las heridas, intentando detener la hemorragia, mientras llamaba a emergencias. La voz de la operadora, fría y distante, la devolvió a la realidad. Mientras esperaba la ambulancia, observaba a Diego, su rostro contorsionado por el dolor. Recordó los momentos felices, los sueños compartidos y las promesas rotas. ¿Cómo había llegado a esto? ¿En qué líos se había metido Diego? Solo así tiene sentido que quisiera alejarme tan abruptamente.

Cuando los paramédicos llegaron, se llevaron a Diego en una camilla. Sofía se quedó sola en su apartamento, rodeada de un silencio ensordecedor. La policía llegó poco después, llenando su hogar de preguntas y sospechas. Sofía, aún en shock, trató de explicar lo sucedido, pero sus palabras se entrelazaban y se perdían.

Los días siguientes fueron un torbellino de interrogatorios, visitas al hospital y noches sin dormir. La noticia de los asesinatos se había propagado como pólvora, y Sofía se convirtió en el centro de todas las miradas. La prensa sensacionalista la retrató como una víctima, una mujer atormentada por un amor obsesivo.

A pesar de todo, Sofía seguía sintiendo una profunda conexión con Diego. ¿Era culpa suya lo que había sucedido? ¿Había sido ella quien lo había empujado al límite? Estas preguntas la atormentaban día y noche.

La recuperación de Diego fue lenta y dolorosa. Cuando finalmente pudo hablar, le confesó todo: la venganza, el odio, la obsesión. Sofía lo escuchó en silencio, sin reprocharle nada. Sabía que él era una víctima tanto como ella.

Al final, ambos decidieron dejar atrás el pasado y comenzar de nuevo. Se mudaron a una ciudad pequeña, lejos de todo lo que les recordaba el dolor. Sofía encontró un trabajo como voluntaria en un refugio para mujeres maltratadas, y Diego se dedicó en sus horas libres a la pintura, expresando a través de sus obras todo el sufrimiento que había experimentado.

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