La imagen de su rostro lo perturbaba como una sombra persistente, su risa lo perseguía como un fantasma burlón. Su perfume había quedado impregnando cada rincón de casa y en su mente.
En cada rostro, la veía a ella. Era una tortura constante, el eco de un amor que ya no existía, que se había desvanecido entre montañas de reproches y mares de lágrimas.
La había perdido, y la culpa lo consumía como una llama voraz inextinguible.
Su amor, enfermizo e intenso, lo había cegado, haciéndole tener alucinaciones visuales y auditivas, fragmentos de una realidad que ya no existía.
Su mente, llena de sueños, se había convertido en un laberinto de sombras y obsesiones, se sumía en la oscuridad de la locura. Era inevitable, la veía en todos lados, en cada transeúnte, el brillo de sus ojos en las estrellas, su voz en el susurro del viento.
Su corazón, desgarrado por el dolor, clamaba por su regreso, por un perdón que ella ya no podía otorgarle, la había alejado para siempre.
Las noches en la soledad se convirtieron en una larga sinfonía de tormentos.
Hubieron tantos cuerpos ocupando su lado de la cama, la imaginaba, pero al despertar ella no estaba allí. En la penumbra del desamor, se encontró profundamente solo.
Las voces de su pasado lo atormentaban, recordándole cada palabra hiriente, cada mirada llena de rencor.
Era una prisión invisible, una jaula de su propia creación, de la que no sabía cómo escapar.
Sin embargo, el dolor de no tenerla a su lado era un golpe doloroso que se renovaba con más fuerza, y la incomprensión de ella lo sumió en un abismo aún más profundo.
Atrapado en las garras de su propia obsesión, no vio otra salida que la muerte.
Una noche, en la soledad de su habitación, buscando una salida a su agonía, tomó la fría decisión de acabar con su sufrimiento. Con la frialdad de quien ha perdido todo, tomó su vieja pistola que guardaba en un cajón polvoriento y apuntó hacia su corazón. En ese instante, solo anhelaba un final rápido, un escape de la locura que lo consumía.
Tira del gatillo, pero desafortunadamente para él, la bala se atascó en la recámara, quedando solo la marca de quemadura del agujero de la pistola en su pecho, negándole incluso el consuelo de la aniquilación. Condenado a seguir sufriendo el abandono de su amor y el tormento de su culpa, su locura, se convirtió en un alma en pena, una víctima de su propio desamor y locura.
📸 BING
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