El aroma a café recién hecho y el murmullo de las conversaciones me envolvían en el restaurante, lugar que guardaba tantos recuerdos.
Mis ojos recorrieron el lugar buscando un asiento para estar sola leyendo una revista de moda. De pronto, sonaron las campanas. Entró una pareja y se sentaron en una mesa junto a la ventana. Sus risas inundaron el lugar. Una sensación desagradable retorció mi estómago. Una voz masculina se me hizo familiar, y la curiosidad me invadió, como si una voz me susurrara que mirara hacia atrás. Me giré lentamente y, para mi sorpresa, ahí estaba él.
Sentado en la misma mesa junto a la ventana, con su sonrisa amplia y radiante que iluminaba su rostro. A su lado, una mujer desconocida reía con él, compartiendo una conexión que yo nunca pude tener. Por unos instantes no podía creerlo, pero inevitablemente era él, el único hombre que he amado, en ese mismo lugar donde solíamos pasar horas conversando, compartiendo sueños e ilusiones.
Llevaba puesta esa camisa verde que tanto me gustaba, la que resaltaba sus hermosos ojos color miel, que ahora deslumbraban a esa mujer.
Un nudo de sabor agridulce se formó en mi garganta, inundando mi paladar, mientras quedaba grabada en mi mente el cómo él sostenía la mano de ella con ternura y le susurraba palabras al oído. En mis manos, mi taza de café se enfriaba, mezclándose con mis lágrimas saladas que ya no podía contener más.
Desde mi asiento le escuché pronunciar un "Te amo", con una pasión que yo jamás presencié. Palabras que nunca me dijo a mí, ahora las derramaba sobre ella como el rocío sobre los pétalos de una flor exótica. Palabras que, como un puñal cargado de dolor, atravesaron mi pecho castigándome con el recuerdo de los tantos "te quiero" que en cinco años de relación, fueron lo más profundo que había expresado.
Ya no podía seguir disfrutando del café, cada sorbo se mezclaba con mis lágrimas, envenenando mi corazón.
La injusticia me oprimía el pecho mientras observaba cómo él le entregaba su corazón a otra mujer en tan poco tiempo, mientras que yo aún no lograba entender por qué él nunca me amó de la misma manera.
Recorrí con mis ojos el lugar buscando una salida para no ser vista en mi huida. Necesitaba desahogar la pena que me consumía, pero mis esfuerzos fueron en vano. Me levanté de mi mesa lo más pronto que pude, incapaz de soportar la escena por más tiempo. Mis pasos eran pesados, cada uno resonaba como un eco de mi dolor. Intentaba no mirar en su dirección, siendo tan inevitable como imposible, el corazón no entiende de lógicas.
En ese instante, al pasar junto a ellos, nuestras miradas se cruzaron por un instante. Un encuentro fugaz como un destello de reconocimiento cruzó su mirada, quedando sorprendido de mi presencia allí. Más no vi en sus ojos arrepentimiento, solo una felicidad ajena a mí. Aparté la mirada de inmediato, esfumándome entre la multitud de personas en la calle, como si yo fuera un fantasma de su pasado.
Salí del lugar, con el corazón hecho pedazos y el sabor amargo de la decepción impregnado en mi alma. La imagen de su sonrisa junto a la de ella me perseguía, tan ajena a mí ahora, se clavaba en mi mente como un doloroso recordatorio de lo que pudo ser y nunca fue.
Caminé por las calles sin rumbo fijo, dejando que mis pies me guiaran lejos de aquel lugar que ya no sería de mis favoritos. Mientras la lluvia empezó a caer a cántaros acompañando mi llanto por haber perdido. Buscando un refugio en la tormenta, no sé por cuánto tiempo vagué por las calles, pero al final, la lluvia se calmó y ya había regresado a casa, con el corazón herido y sin ganas de volver a amar.
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