La habitación del hotel se sentía fría y hostil, apesar de que el aire acondicionado estaba encendido. Desde una esquina de la cama observaba a Harold, estaba distante y ajeno, diferente.
Una nube de dudas invadió mi mente, mientras intentaba descifrar las tormentas que visiblemente nublaban sus ojos. ¿Qué era eso que lo afligía? Anhelaba su cercanía, que me contara sobre eso que lo hacía llorar, quería sentir el calor de su abrazo, la seguridad de su presencia.
De pronto, él se acercó, sus pasos eran lentos y pesados. Al mirarlo, sus ojos se encontraron con los míos, y un torrente de lágrimas brotó de los suyos incontenibles. Sentí un resquemor en mi pecho, me ardía y palpitaba el estómago.
El dolor era palpable en su mirada, pero sus labios querían permanecer sellados, pero sus sentimientos lo llevaron a expresar las palabras que atormentaban su alma. Finalmente, con la voz entrecortada por el llanto, me dijo:
- Debes buscarte a alguien más, alguien que te trate como tú mereces ser tratada.
Las palabras de Harold resonaban en la habitación del hotel como un eco doloroso. Yo lo miraba con incredulidad, mis ojos se llenaron de pronto de lágrimas que amenazaban con derramarse en río. No podía comprender cómo el hombre que amaba, con quien había compartido momentos tan íntimos, ahora me rechazaba de esa manera tan cruel.
Sus palabras y verlo llorar golpearon mi corazón como múltiples puñales, rompiéndolo en mil pedazos. No podía creer que el hombre que me había robado el corazón, mi primer amor, me rechazara de esa manera tan cruel.
- Pero si yo quiero estar contigo - susurré, con la voz ahogada por las lágrimas, asustada de esta realidad que me sobrevenía de pronto, a lo que temía, el primer hombre en mi vida me hacía pedazos y me lanzaba al olvido.
Mi corazón se sentía como si lo estuvieran aplastando con un martillo, cada pedazo se rompía en mil fragmentos más pequeños. La imagen del primer hombre que me había hecho sentir amada y deseada se desmoronaba ante mis ojos, reemplazada por la de un completo extraño, un ser frío e indiferente.
Un nudo se formó en mi garganta, me impedía hablar, solo podía disentir con la cabeza mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
La impotencia me consumía. Me sentía pequeña e insignificante, no podía creer que todo lo que habíamos vivido juntos se desvanecía en un instante, como si mis sentimientos no tuvieran valor ante sus ojos.
Quería gritarle, decirle que lo amaba, que no podía vivir sin él, pero las palabras se ahogaron en el propio dolor que abría mi pecho, esa amargura que se hacía cuestionarme como mujer. Solo pude observar en silencio cómo él se alejaba de mi lado, dejando un vacío inmenso en mi corazón.
En la inmensidad de aquella habitación,
que en un instante, se había convirtió en un escenario de desamor, donde mis sueños y esperanzas se marchitaban como flores abandonadas.
Salí de allí con el corazón roto, llevando conmigo las cicatrices de un amor no correspondido, justo cuando empezaba a creer en el amor, al entregarme por primera vez por entero, solo para luego terminar de la manera más cruel.
Sigo soñando que algún día encontraré a alguien que me ame como merezco.
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