martes, 28 de mayo de 2024

ENCUENTRO INESPERADO.


El alba despuntaba en Santo Domingo, derramando una luz radiante sobre la ciudad. Los rayos del sol, como pinceladas doradas, coloreaban el cielo de tonos cálidos, anunciando un día lleno de promesas. Un aura de esperanza se extendía por el aire, contagiando a cada ser vivo. Yo, llena de energía y positivismo, me encontraba lista para enfrentar lo que el día deparaba, sin imaginar que sería una jornada memorable que quedaría grabada en mi memoria para siempre.

Mi nombre es Sofía López, y soy estudiante de lenguas modernas en la UASD, de esta vibrante ciudad. El haber aprendido inglés ha sido una oportunidad de crecimiento para empleos y conectar con personas de diversos orígenes y crear amistades inolvidables.
Me encanta conocer personas de todas partes, principalmente de habla inglesa.

Soy secretaria en una constructora muy reconocida en Santo Domingo. Desde el instante en que lo vi entrar y sentarse tan callado y ausente, algo en mí se encendió. Muy dentro de mí se alborotaron las hormonas, intentaba ocultar la tensión que me invadía. 

Anhelaba conocer cada detalle sobre él, pero solo me dio su nombre John McAllister, un inversionista estadounidense, sin ofrecer más información y tuve que tomar los contactos de su acompañante. La incertidumbre me consumía. John, un hombre de mundo con un porte elegante y una sonrisa contagiosa, había llegado a la ciudad hacía apenas unos días, buscando oportunidades de negocio.

Me ponía nerviosa con solo verlo, su sola presencia me alteraba por completo, me alejaba y me mantenía ocupada para no invadir su espacio, evitaba hacerle preguntas innecesarias para no delatar mi interés.
Nuestra comunicación se limitaba a lo estrictamente necesario. Una vez fue atendido según los servicios requeridos, agendó una nueva cita para dentro de tres meses. ¡Qué desilusión! Pero yo no podía esperar más que eso.

Me cuestiono mi timidez y mis pensamientos inapropiados. Pero ese hombre es como me gusta, alto, esbelto, educado, y con esa energía sexual que en mí despierta fuego, no sé si él la percibió, yo la sentí quemándome toda.

A su regreso, tres meses más tarde, la misma atracción y ansiedad sexual me invadieron de nuevo. Su presencia me agitaba y me inquietaba, temía que él notara el efecto que su presencia causaba en mí. En ocasiones, conversábamos sobre temas triviales: hobbies, etc. Un presentimiento positivo cada vez más intenso se apoderaba de mí, y un anhelo irresistible por compartir un momento a solas con él, en un lugar tranquilo. Esa idea rondaba mi mente sin descanso, pero la realidad me recordaba que él solo buscaba la información que necesitaba.

La llama de mi deseo se intensificaba cada vez con más fuerza, impulsándome a actuar. Mi posición y mi trabajo me impedían dar el primer paso. El temor al rechazo era tan fuerte como mi deseo.

Se acercaba el día de su vuelo de regreso a su país, y entre conversaciones que sostuvo con mi jefe, el cual le recomendó lugares para visitar antes de su partida, en ese momento entré a la oficina y a pesar de su apretada agenda, mi jefe me pidió que lo acompañara a donde él quisiera ir, mi jefe nos asignó a su chófer de confianza para el traslado, y me dio el resto de la tarde, no comprendí la razón de su decisión de que yo le acompañara, y yo rebosante de alegría como una colegiala acepte rápidamente, culminé mis tareas pendientes, que solo eran unos correos administrativos, me apliqué un toque de maquillaje sin colocar labial para no ser tan evidente. 

Llegó el chófer y nos fuimos. De camino, el sol caía a plomo sobre Santo Domingo, bañando la ciudad de una luz dorada que contrastaba con el azul intenso del mar Caribe.

Mientras caminábamos por las calles empedradas de la Zona Colonial, bajo la tenue luz de las farolas, John se mostraba fascinado por la arquitectura colonial, los colores vibrantes de las casas y la alegría contagiosa de la música dominicana que emanaba de cada esquina. 

Me contaba historias de sus viajes por el mundo, de las culturas que había conocido y de las lecciones que había aprendido. Yo, por mi parte, le hablaba de la historia de mi país, de sus tradiciones y de la calidez de su gente.

Llegamos al Alcázar de Colón, imponente fortaleza que nos transportaba a otra época. John quedó maravillado por la grandiosidad del monumento y por las historias que le conté sobre la vida de Cristóbal Colón y su llegada a América. La noche caía sobre la ciudad y las estrellas comenzaban a brillar en el cielo, creando un espectáculo celestial que nos dejó sin aliento.

Llegamos a un hermoso restaurante, degustamos bebidas y exquisitos platos, devoró la comida con apetito, para la figura que mantiene y yo en mi dieta eterna. Con poco me sentí llena como la luna que entraba por la ventana.

Abordamos diversos temas en nuestra amena conversación, se comportó como un verdadero caballero, no hubo palabra suya que fuese inapropiada, afortunadamente no se escuchan los pensamientos, mi mente no cesaba de generar ideas inapropiadas y sensuales, y él me dijo que soy muy sana, si él conociera mis deseos más íntimos.

En un pequeño restaurante de la calle del conde de la zona colonial, la conversación fluía con naturalidad, entre risas y anécdotas. John me confesó que nunca había sentido tanta conexión con una persona en tan poco tiempo. Yo, por mi parte, me sentía cautivada por su inteligencia, su humor y su forma de ver la vida.

La noche transcurría como un sueño, y cuando nos dimos cuenta, ya era hora de despedirnos. 
John me agradeció la velada con un cálido abrazo y me dijo que había sido la mejor noche de su viaje. Yo, con el corazón rebosante de alegría, le deseé lo mejor y le prometí que si alguna vez regresaba a Santo Domingo, estaría encantada de volver a mostrarle la ciudad.

Mientras me alejaba de él, no pude evitar sentir una mezcla de emociones. Por un lado, me entristecía que nuestra noche llegará a su fin. Por otro lado, me llenaba de satisfacción haberle brindado a John una experiencia tan memorable y haber compartido con él un momento tan especial.

Al llegar a casa, me senté en mi balcón y contemplé la ciudad iluminada por la luna. Un sentimiento de paz y felicidad me invadía. Esa noche, bajo el cielo estrellado de Santo Domingo, había conocido a una persona especial y había vivido una experiencia que jamás olvidaría.

Al menos, conseguí mi anhelado momento a solas con él, y hasta donde supe fue "la mejor velada" durante su estadía en el país.
John quedó de volver a República Dominicana, para volver a aquel pequeño restaurante al que lo había llevado.



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